jueves, 7 de abril de 2011

Hambre, Muerte, Peste y Guerra en el Aragón del siglo XIV (I)



Berdeio, señorío de don Ruy Pérez de Pina, tenente de Su Alteza el rey don Pedro de Aragón. Día de San Longinos (15 de marzo) del Año de Gracia de 1347 ó 48. Creo. No importa demasiado. En la Edad Media la mayoría de la gente no sabía de fechas salvo las festividades de los santos. Ni siquiera el día de la semana. Al fin y al cabo, todos eran iguales. El descanso dominical y la jornada de ocho horas son entelequias de un futuro aún lejanísimo. Sólo trataban de disfrutar de la vida lo mejor posible...

Es de noche, aunque ya empieza a clarear. El cántico de los gallos anuncia que debe ser la hora de prima, así llamada por ser, precisamente, la primera de la mañana, la que anuncia el comienzo del día. Estamos en una humilde cabaña próxima al río Manubles, una choza de adobe con tejado de paja propiedad de Perico, siervo de don Ruy, un pobre campesino que trabaja en el feudo del señor de Berdeio, como antes lo hicieron su padre y su abuelo desde que llegaron al valle en tiempos de don Jaime “el Conquistador”, en 1248, poco después de la toma de Valencia...

Perico es ya un hombre mayor: tiene treinta años y está casado con Alodia, una buena moza, aunque también ya entrada en edad (tiene unos veinticinco). En sus once años de matrimonio han tenido ocho hijos y dos abortos, por lo que la mujer acusa en sus carnes los achaques de las sucesivas maternidades y en su corazón el dolor de haber perdido a cuatro de sus hijos antes de cumplir los cinco añitos. Está embarazada, además, de su noveno hijo... Son tiempos duros y difíciles para un campesino. En realidad lo son para todos, desde el comerciante que ofrece sus productos en el mercado hasta el señor que descansa en el mullido lecho de lana de oveja de su castillo.

Y antes de continuar desgranando la vida cotidiana de Perico y su familia, desengañémonos, mis queridos oyentes: en esa fabulosa Edad Media que todos asociamos con princesas, castillos, guerreros y catedrales, el 90% de nosotros habríamos sido eso, simples campesinos, siervos de la gleba, labradores atados a la tierra por los vínculos del Feudalismo. Y pasaríamos hambre, calor, frío y privaciones (sobre todo cuando la cosecha fuese pobre, lo que ocurría más o menos a menudo), haríamos dos o tres comidas diarias -a lo sumo- y sin probar la carne (excepto -si acaso- la de pollo) ni la fruta fresca salvo en contadísimas ocasiones, estaríamos sujetos a numerosas enfermedades para las que no se conocía cura y moriríamos antes de cumplir los cuarenta años -con mucha suerte- pero con el aspecto que tienen hoy los ancianos mayores de 80...

Volvamos a nuestra cabaña. La vida debe continuar y es hora de levantarse. Naturalmente, en el hogar de Perico duermen todos juntos en la única estancia del modestísimo edificio, sobre un montón de paja seca que recogen a puntapiés por la mañana y se reparten de nuevo a la caída de la noche. La choza está rodeada por un pequeño cercado de madera y en su interior hay un pequeño establo con dos cabras y una docena de gallinas, que picotean entre el estiércol, además de un reducido huertecico donde Alodia cultiva lechugas y algunas ringleras de legumbres (habas, guisantes, garbanzos). Dentro de lo que cabe, son afortunados. Disponen de leche de cabra, huevos, carne de gallina y, de vez en cuando, alguna pieza cazada furtivamente en los montes del señorío. Poca cosa, pero suficiente.

La familia despierta y comienza la actividad de la mañana. Se visten los calzones, las calzas y la camisa, ceñida por un cinturón de cuero, y calzan sus burdas albarcas de esparto. Antes de comenzar las tareas cotidianas, toda la familia reza una breve oración pidiendo ayuda y dando gracias al Señor por el nuevo día. Luego, Alodia ordeña a las cabras, recoge los huevos de las gallinas y las dos pequeñas, Dora y Nunila, de siete y diez años respectivamente, bajan al río a llenar un cubo de agua, mientras que los hijos mayores (Ramiro, el primogénito de 14 años, y su hermano Daniel, de doce) se toman un cuartillo de leche de cabra en sus tazones de madera antes de acompañar al padre al manso para comenzar la jornada de siembra del trigo para el señor. Mientras sorbe su tazón, Perico mira a la pequeña Nunila. Ya ha tenido su primer período, por lo que habrá que ir pensando en su matrimonio. Pero aún quedan un par de años para que la muchacha esté bien en sazón...

Perico, Ramiro y Daniel meten en sus zurrones unas galletas, unos trozos de pan y un pedazo de queso, cogen un pellejo lleno de yppocrás (vino especiado) y marchan al campo mientras Alodia y sus hijas desayunan brevemente y comienzan las faenas de la casa... Hay que dar de comer a los animales, plantar y regar el huerto, ir a por leña, lavar la ropa en el río, tenderla, remendar las camisas, arreglar las albarcas de la pequeña Dora, preparar la comida (unas gachas regadas con un par de cuartillos de vino muy aguado)...

En el campo, los varones trabajarán de sol a sol en la siembra del trigo, parando sólo unos minutos al mediodía para orar de nuevo, brevemente, y mascar las galletas y el pan duro acompañándolo con el yppocrás del odre que lleva el padre colgado a la espalda. Es un trabajo duro, sembrando al venteo en ejercicio incesante, junto al resto de aparceros que trabajan las tierras del señor de la villa, hora tras hora... Tercia... (las nueve) Sexta... (las doce)... Nona (las tres de la tarde)... Vísperas (las seis)... Hacia la hora de completas (las nueve de la tarde-noche), cuando es sol camina ya hacia el ocaso, la familia de Perico regresa al hogar.

Alodia está asustada. Hacia la hora de nona, cuando estaban a punto de recoger la ropa seca, la pequeña Dora ha empezado a sentirse mal. Tiene fiebre, le duele la cabeza y ha vomitado dos veces sin lograr echar de su cuerpo más que las pocas gachas de trigo ingeridas a la hora de comer. Al conocer los síntomas, Perico siente un escalofrío recorrer la espalda. Ya está aquí. Ha llegado a Berdeio...

La gran mortalitas... La peste.

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