
Los profes de Historia tenemos mala suerte...
Un matemático, un ingeniero, un químico, un farmacéutico... tienen la oportunidad de experimentar en vivo y en directo con el objeto de sus investigaciones. De no ser así, íbamos daos cada vez que nos pusiésemos enfermos, se nos estropease el coche o fallase la instalación eléctrica. Pero los historiadores lo tienen mucho más crudo. Sólo disponen de indicios, fuentes directas que es preciso analizar con lupa para poder concederles fiabilidad. Y muchas veces, ni siquiera así están libres de falsas interpretaciones o falseamientos de la Historia que pretendemos iluminar y dar a conocer.
A pesar de ello, aún suponiendo que con un enorme cúmulo de buena suerte y un trabajo concienzudo, a veces de toda una vida de estudio dedicada a un personaje o un período histórico, los grandes investigadores logren esclarecer de forma suficientemente fiable un determinado acontecimiento, una parcela de esa Historia que ha consumido sus horas de sueño y sus desvelos, a los profesores (transmisores de cultura) nos toca luchar contra los alumnos... y contra estereotipos que el público tiene grabados a fuego en la mente y resulta muy difícil modificar.
Dentro de las estrategias de enseñanza de la Historia, el máximo nivel de aprendizaje sólo podría obtenerse mediante la experiencia directa, lo cual únicamente es posible participando de forma personal en un acontecimiento histórico contemporáneo (al menos hasta que alguno de esos científicos suertudos logre inventar una Máquina del Tiempo). Muy por debajo de esa experiencia directa se encuentra la Dramatización del hecho histórico... Y ahí es donde siempre mordemos en hueso.
¿Dramatizar un hecho o un período de la Historia? Es decir... ¿RE-crearlo? Pues sí, se ha hecho infinidad de veces, especialmente a través del cine y la TV, los medios de comunicación de masas del mundo actual. Ahora bien: ¿de qué modo y, sobre todo, con qué intención? ¿Qué buscamos al ver "Master and Commander", "El Nombre de la Rosa" o "Amadeus"? Pues en mi opinión, cada uno de nosotros intenta llevar el agua a su molino y muchas veces de forma equivocada: el historiador busca fidelidad a las fuentes históricas; el público en general busca entretenimiento, diversión y emoción; el sastre se fija en el vestuario, el peluquero en los tocados, el soldado (o el interesado en la cosa bélica) se fija en las armas y en las cuestiones militares... Y el creador/director/productor de la película, la serie o el documental... se fija en el "share" o en la recaudación en taquilla. Y si para aumentarla tiene que sacrificar a la Historia en aras del Espectáculo (o de lo que el público ESPERA ver en la pantalla), de la Economía (muchas veces hacer las cosas bien y con rigor significa GASTAR lo que no se tiene... o no se está dispuesto a invertir) o lo Políticamente Correcto (para no herir sensibilidades), pues se sacrifica y santas pascuas. Ejemplos los tenemos a millares, y los más recientes están aún ardiendo: "Hispania", "La princesa de Éboli", "Águila Roja"...
Si nos ponemos estrictos, si enarbolamos el Manual y no permitimos pasar una pifia, la verdad es que no se salva del todo NI UNA SOLA producción cinematográfica o televisiva de ambientación mínimamente histórica. Todas patinan por el mismo sitio: las concesiones a lo espectacular, a lo que el público quiere, por el mínimo dinero indispensable. ¿Se puede compaginar rigor histórico con espectacularidad? Nada más fácil: ¡Anda que no tenemos episodios en la Historia suficientemente espectaculares como para reflejarlos tal cual fueron! Pero, claro, quedan más obstáculos: el dinero, que todo lo puede (se trata de gastar lo mínimo ofreciendo una historia emocionante: al rigor que le vayan dando, que es caro), o la corrección social, que muchas veces es incompatible con la Historia... Si un hombre le pega una hostia a una mujer en una película ambientada en la Edad Media y ese mismo individuo no muere entre atroces dolores pocos minutos después como justa venganza ante tal maltrato, empiezan a patinar nuestras neuronas feministas por todas partes sin pararse a pensar un segundo que lo habitual (hasta hace relativamente poco tiempo, y para algunos malnacidos todavía hoy mismo) era que el energúmeno actuase de tan salvaje modo como algo cotidiano, como una costumbre socialmente admitida y (¡pásmense!) incluso alabada...
Y claro... luego tienes la tentación de poner en clase una película "histórica" para que los alumnos entiendan un poco mejor la época que estás explicando y... te sumerges en un mar de dudas o acabas llevándote a Gomi a clase para que comente fotograma a fotograma las "pifias" que vaya viendo una tras otra.
Lo dicho: tenemos mala suerte...