
Esta vez voy a ponerme platónico...
En el Mundo de las Ideas esta novela hace mucho tiempo que ya estaba escrita. Umberto Eco sólo la trajo al mundo sensible, al de las sombras, para que los pobres encadenados en la Caverna tuviésemos al menos la satisfacción de leerla e intuir lo que significa la Idea Universal de "Novela Histórica"...
Se han dicho muchísimas cosas sobre ella, se han vertido críticas sin cuento en revistas y foros y se ha convertido en referencia insoslayable de lo que conocemos como un "Best Seller". Pero ocurre que, así como muchos de estos "éxitos de ventas" no parecen tener una explicación que justifique su fortuna (¿qué demonios tiene "El Código da Vinci" para haber hecho multimillonario a Dan Brown?), en el caso de esta obra tanto la profundidad de su temática y la intensidad de su argumento como la calidad literaria y el dominio del período que refleja la convierten en una obra maestra por derecho propio, sin necesidad del despliegue mediático-propagandístico que la rodeó en su momento. Es lo que suele ocurrir cuando un escritor sabe de lo que habla y, además, es un maestro transmitiéndolo...
"El Nombre de la Rosa" me convirtió en rendido discípulo de esa mezcla de Sherlock Holmes, Guillermo de Ockham y Leonardo da Vinci que es Guillermo de Baskerville, un monje franciscano inglés ("mis islas", dijo Guillermo con nostalgia) que ha sido convocado junto a su joven amanuense, el novicio Adso de Melk, a una reunión en "una remota abadía perdida en el recóndito norte de Italia, una abadía cuyo nombre parece ahora más prudente y piadoso omitir" para la ardua tarea diplomática de defender las tesis de los franciscanos sobre la Pobreza de Cristo frente a los postulados sobre la Caridad de la Iglesia mantenidos por los teólogos de la delegación del papa Juan XXII. Pero, sin poder ni querer evitarlo debido a su curiosidad innata y a su afán de sabiduría, Guillermo se encuentra enzarzado en una trama policíaca en la cual los crímenes que se producen en la abadía anfitriona del encuentro entre las legaciones papal e imperial sumergen al lector en un cuadro fascinante en el que se mezclan la Herejía (¡Penitenciágite! ¡Cuidado con el Diávolo qui arrivará in futurum para devorar tu ánima! ¡La Morte est supra nos!), la Inquisición (con ese Bernardo Gui que encarna la intransigencia más radical aliada con el poder más omnímodo), la Teología (las referencias escolásticas son innumerables), la Filosofía (Aristóteles como maestro indiscutible del saber humano), la Bibliofilia (que a un amante de los libros tan rendido como un servidor la primera vez que Adso y Guillermo penetran en los secretos de la Biblioteca y descubren sus tesoros le pone los pelos como escarpias), el Crimen (morir envenenado en la misma medida y con la misma rapidez que nos consume el ansia del conocimiento... es colosal, soberbio, inimaginable) y las bajas pasiones humanas (no tenía idea yo de cómo podía correrse uno en latín)...
El joven Adso de Melk, ese trasunto del doctor John Watson, es quien cuenta la historia, pero la abadía es la verdadera protagonista de la novela. Todos los personajes se mueven, discuten, reflexionan, investigan, asesinan, se enorgullecen, estudian, aprenden, dan rienda suelta a sus impulsos más primitivos y mueren "entre estos mismos muros" (Ubertino da Casale) que al final son pasto de las llamas en un estremecedor epílogo en el que el fuego consume, como justo castigo divino, ese infierno "abandonado de la mano de Dios" (Adso de Melk). Yo también dibujaba en la mente las distintas salas de la biblioteca conforme Adso y Guillermo van recorriéndolas, antes de descubrir que Umberto Eco lo había hecho ya por mí en una de las pocas ilustraciones que tiene la novela. Pero también imaginaba el entorno de la iglesia, del refectorio o del scriptorium mientras Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos se enzarzaban en esa apasionante discusión ("Tum podex carmen horridulum") sobre la risa de Cristo ...
Dos historias paralelas, unos crímenes propios de la más emocionante Novela Negra y una excelente descripción de la herejía, la alta política y el pensamiento escolástico tardomedieval con citas y referencias a los más eminentes Padres de la Iglesia, con decenas de lecturas posibles (sociales, filósóficas, policíacas, eróticas, científicas, teológicas, jurídicas...), un mundo en el que bucear, el de la Baja Edad Media que, además, me resulta arrebatador, cautivador, extraordinario... ¿Se puede pedir más? Pues va a ser que sí.
Porque entonces, en pleno apogeo y triunfo de la obra del profesor boloñés, llegó Jean-Jacques Annaud y dirigió una soberbia película que, en esencia, recogía magistralmente el espíritu de la novela y de sus personajes, resumiéndola como el cine exige merced al poder de la imagen en movimiento y que me cautivó tanto o más que la propia obra literaria. Al margen de que se trata de dos medios completamente distintos para contar una historia y de que a menudo el cine desvirtúa y prostituye la literatura en aras de la espectacularidad, la película del director francés me enamoró, sobre todo con ese magnífico y maduro Sean Connery al lado de Ron Perlman, Christian Slater, F. Murray Abraham (el Antonio Salieri de Amadeus, que ya hablaré de esta película en otra ocasión) y un elenco de actores tan magistralmente escogidos que convirtieron el film en un referente ineludible del cine histórico del siglo XX. Una historia bien contada, espléndidamente fotografiada y ambientada (¡ese Laberinto de la Biblioteca, ese nártex de la iglesia abacial, joder, eso es de Oscar indiscutible al mejor decorado!), magistralmente resuelta. Una de ésas de las que recuerdas toda la vida algunos diálogos:
Abbone: ¿Debemos decírselo?
Malaquías: No. Buscaría allí donde no debe.
Abbone: Pero... ¿Y si lo descubre... por cuenta propia?
Malaquías: Sobreestimáis su inteligencia, mi señor Abad. Sólo existe una autoridad capaz de investigar tales asuntos. La Santa Inquisición...
Jorge de Burgos: Amados hermanos... Yo dejo las cosas mundanas para los más jóvenes.
Colosal. Los pelos como escarpias, ya lo he dicho antes.
"Stat pristina Rosa nomine, nomina nuda tenemus..."
Sí, lo he decidido. Yo, de mayor, quiero ser Guillermo de Baskerville.