jueves, 15 de marzo de 2012

"Non nobis, domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam"


BREVES APUNTES SOBRE LA ORDEN DEL TEMPLE

A menudo se asocia el nombre del Temple o a los "templarios" con oscuros y nocturnos rituales mágicos, con tesoros ocultos, con maldiciones ancestrales y con toda una parafernalia esotérica que resulta tan atractiva como envuelta en el misterio... Y tal vez no falten razones para tal asociación, ya que fueron acusados en su momento de todas esas prácticas diabólicas y ellos mismos llegaron a admitirlas. Pero es necesario saber el cómo, el cuándo y el porqué de todo ello...

A finales del siglo XI la Primera Cruzada predicada por un monje conocido como Pedro "el Ermitaño" en Francia para lberar los Santos Lugares del dominio musulmán coincidió con los inicios de una profunda renovación de la Iglesia auspiciada por el papa Gregorio VII (la "reforma gregoriana" cuyo efecto más visible y conocido fue el célebre "canto polifónico" de los coros benedictinos pero que supuso una transformación mucho más profunda y compleja), y continuada por Urbano II, un pontífice que bendijo y promovió las Cruzadas consagrando la liberación de Tierra Santa como una tarea obligada para todo príncipe cristiano... y también como un fenómeno cultural, religioso, político, militar y económico de primer orden en toda Europa.

En este contexto, pues, de renovación eclesiástica, de reestructuración de los monasterios (llevada a cabo por la extraordinaria labor desarrollada desde la gran abadía benedictina francesa de Cluny) y de lucha para liberar los Santos Lugares del dominio musulmán es donde se inserta el nacimiento de las tres grandes Órdenes Militares de caballería en una Jerusalén reconquistada por los cruzados en 1099, especialmente la Orden del Hospital de San Juan, la de los Caballeros del Santo Sepulcro y la de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón, más conocida como "L'ordre du Temple" (en francés, pues franceses fueron sus fundadores) o simplemente como los Caballeros Templarios.

Fundada por Hugo de Payns, su primer Gran Maestre, y nueve caballeros más con sus correspondientes séquitos, la Orden del Temple surgió como milicia religiosa (con votos de pobreza, obediencia y castidad) muy bien preparada para la guerra, con el propósito de escoltar a los peregrinos que viajaban a Jerusalén y fue bendecida y aprobada por el papa Honorio II en el concilio de Troyes del año 1129. Apoyados e forma entusiasta por San Bernardo de Claravall, de cuya orden cisterciense adoptaron su regla monástica, muy pronto los Pobres Caballeros de Cristo (en latín: "Pauperes commilitones Christi Templique Solomonici") recibieron las bendiciones de los reyes europeos y comenzaron a crecer en número, fama y poder, construyendo fortalezas tanto en Tierra Santa como en todo el Mediterráneo.

Como es sabido, los Caballeros Templarios empleaban como distintivo un manto blanco con una cruz patada (es decir: con los brazos iguales y ensanchados hacia los extremos) de gules (roja) dibujada sobre el hombro izquierdo y sobre el pecho de la veste que cubría sus cotas de malla. Sus miembros se encontraban entre las unidades militares mejor entrenadas que participaron en las Cruzadas y pronto combatieron no sólo en Tierra Santa sino también en España, apoyando a los reinos cristianos en su lucha contra el Islam, recibiendo por ello numerosas donaciones y edificando iglesias, hospitales y encomiendas por toda la geografia peninsular. En 1134 el rey Alfonso I de Aragón les entregó en herencia su propio reino, al cual renunciaron no sin recibir a cambio abundantes territorios y castillos, entre ellos la fortaleza de Monzón, que se convertiría en cuartel general del Temple en tierras aragonesas.

Su cuartel general en Jerusalén se estableció en la mezquita de al-Aqsa, que se alza todavía en la Explanada de las Mezquitas antaño ocupada por el gran Templo de Salomón, de ahí su nombre de "Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón", resumido en "Orden del Templo" (o "Temple", en francés). Su lema era "Non nobis, domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam" ("No para nosotros, Señor, no para nosotros sino da Gloria a Tu Nombre"), toda una declaración de intenciones haciendo constar que no buscaban su propia Gloria sino la de Dios. Y su sello (SIGILLUM MILITUM CHRISTI) representaba a dos caballeros montando un solo caballo, haciendo así profesión de pobreza. Los Caballeros Templarios (y, en general, todos los de las Órdenes Militares) tenían prohibido rendirse ante los infieles, por lo que nunca cayeron prisioneros en batalla alguna. Su regla les impedía pedir rescate de sus personas, por lo cual sólo tenían la opción de morir o vencer. Eso les hacía especialmente arriesgados, feroces, disciplinados y temibles en el combate. La aparición de las cruces rojas del Temple sobre un campo de batalla provocó pavor entre el enemigo y profundo agradecimiento y regocijo entre los soldados cristianos durante casi dos siglos...

Mientras, los miembros no combatientes de la orden gestionaron una compleja estructura económica (basada en "encomiendas" o monasterios autogestionados) a lo largo del mundo cristiano, creando nuevas técnicas financieras que constituyen una forma primitiva del moderno banco: crearon libros de cuentas, la contabilidad moderna, los pagarés e incluso la primera letra de cambio. En esta época pesaba mucho la idea de transportar dinero en metálico por los caminos, y la Orden dispuso de documentos acreditativos para poder recoger una cantidad anteriormente entregada en cualquier otra encomienda de la orden. Solamente hacía falta la firma, o en su caso, el sello. Esa precisamente sería la causa de su desgracia. En 1187 el sultán Salah al-Dinh tomó Jerusalén a los cristianos y la Orden del Temple empezó a ser discutida en los reinos europeos, si bien sus maestres conservaban aún en Palestina plazas fuertes tan importantes como San Juan de Acre. Mientras, en Europa los templarios continuaron su actividad financiera enriqueciéndose cada vez más mediante cuantiosas donaciones, préstamos a intereses mucho más bajos que los ofrecidos por los mercaderes judíos, inversiones e incluso el comercio de reliquias, que les reportaba lucrativos beneficios gracias a sus contactos en Asia Menor y Palestina, aunque sin olvidar nunca su idiosincrasia de monjes-guerreros.

Pero a finales del siglo XIII, en 1291, San Juan de Acre cayó en manos musulmanas y los templarios comenzaron a verse cuestionados con cada vez mayor frecuencia y vehemencia. De ser los defensores de los Santos Lugares habían pasado a convertirse en molestos y codiciosos acreedores, especialmente en Francia, donde las encomiendas del Temple se contaban por centenares (y sus deudores por miles). En estas circunstancias dió comienzo el infame proceso que les llevaría a su disolución.

Retirados a la isla de Chipre junto a los Caballeros del Hospital de San Juan y acreedores principales del rey Felipe IV “el Hermoso” de Francia, éste decidió acabar con el poder de la Orden y fraguó su desgracia acusando a sus miembros de prácticas misteriosas y actividades diabólicas gracias a la ayuda de un grupo de letrados con Guillaume de Nogaret al frente. Se dijo en la acusación que adoraban en sus reuniones de capítulo a un ídolo satánico conocido como el “Bafomet”, que encabezaban una conspiración para entregar al mundo a las garras de Satanás, que sus reuniones eran orgías desenfrenadas en las que besaban en el ano a un macho cabrío, que ocultaban en un lugar secreto el fastuoso Tesoro Templario fruto de sus latrocinios y mil fantásticas necedades más, todas ellas cuidadosamente preparadas, falsamente testimoniadas y ensayadas por sus acusadores. Perseguidos y detenidos sus miembros por toda Francia la noche del 13 de octubre de 1307 (viernes, motivo por el cual esta fecha resulta de mal augurio), torturados en las prisiones reales para que admitiesen los crímenes contra la Religión de los que se les acusaba y lograda su confesión bajo los más espantosos tormentos, sus numerosísimos bienes fueron transferidos a la Orden del Hospital de San Juan y la Orden del Temple fue declarada disuelta el 3 de abril de 1312 con la bendición del papa Clemente V, que no quiso o no supo oponerse a los dictámenes del rey de Francia.

Hay que decir, en honor a la verdad, que las supuestas atrocidades, misas negras, prácticas diabólicas y demás parafernalia esotérica atribuída a la Orden radicaba en el hecho de que los Templarios adquirieron en Tierra Santa una serie de conocimientos relacionados con un simbolismo religioso poco usual en Occidente: por ejemplo, el uso de la planta circular o poligonal centralizada en algunas de sus construcciones (por ejemplo, la capilla de Santa María de Eunate, en Navarra, entre otras muchas), que tiene su origen en la Cúpula de la Roca de Jerusalén, impresionante edificio que se alza justo enfrente de la mezquita de al-Aqsa y que los templarios, como es lógico, estaban habituados a contemplar, estudiar y visitar a diario. Los arquitectos de la Orden adoptaron este tipo de construcción (imagen del Mundo y de la Perfección divina), que resultaba poco habitual en la Europa de los ss. XII y XIII. Pero todo ello fue utilizado, convenientemente manipulado, para labrar su desgracia.

Tras un largo proceso de difamación y una parodia de juicio sumarísimo, su último Gran Maestre, Jacques Bernard de Molay, pereció en la hoguera junto a Geoffroy de Charnay dos años después, el 18 de marzo de 1314, retractándose de su confesión arrancada bajo tortura y maldiciendo a la Casa de Francia en estos términos:

"Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir. ¡Malditos, seréis todos malditos, hasta la decimotercera generación!"

El pontífice Clemente V (exiliado en la corte papal de Avignon), el "rey maldito" Felipe IV de Francia y el jurista Guillaume de Nogaret morirían en el transcurso de ese mismo año de 1314...

Y así comenzó la leyenda del Temple.

viernes, 9 de marzo de 2012

Sobre la guerra y los guerreros medievales...

En una época como la nuestra, en la que no existen guerras sino "situaciones conflictivas", ni muertos sino "daños colaterales", resulta difícil imaginar que en la Edad Media el hambre, la enfermedad, la guerra y la muerte eran elementos consustanciales al ser humano, que convivía con ellos con absoluta naturalidad...

La nobleza, especialmente, AMABA la guerra: era su medio de obtener ganancias (botín), títulos, tierras y privilegios (concedidos por el rey en función de su implicación en el combate). La guerra era su medio de vida, aquello para lo que eran entrenados desde la infancia, aquello para lo que habían nacido, hasta el punto de que en latín a los nobles se les denominaba bellatores, es decir, "los que luchan". El trabajo en el campo era para los villanos, los siervos, los campesinos (laboratores) y la oración, la espiritualidad y la cultura para las mujeres y los clérigos (oratores), pero un noble era inseparable de su caballo, de su arnés, de su lanza y de su espada. Y estaba profundamente orgulloso de ello.

En la Edad Media no se hacían levas de soldados. El "ejército de leva", reclutado de ciudad en ciudad, no existirá hasta los Reyes Católicos. Cada noble contaba con sus propios efectivos(mesnada), y cuando el rey los llamaba al combate (llamada al fonsado, se decía entonces) cada uno de ellos aportaba al ejército real por obligación de su pacto de vasallaje tantos hombres como pudiera reunir. Nadie podía sustraerse a esta obligación. Y sólo los "sargentos de armas" (caballeros) y los propios nobles titulares de su feudo tenían el privilegio de combatir a caballo. El resto de mesnaderos formaban la peonada, la carne de cañón, la infantería que se enfrentaba cuerpo a cuerpo al enemigo. Tampoco existían uniformes militares: cada mesnada se identificaba por el estandarte en el que figuraban las armas del noble señor que la mantenía.

El ejército real (hueste) estaba formado por los siguientes elementos:

Las mesnadas: éstas eran tanto la guardia personal del monarca (mesnada real) como los guerreros a caballo y peones sin cualificación aportados por cada noble sujeto a pacto de vasallaje, como ya hemos dicho. Formaban el núcleo central del ejército y solían situarse en el centro de la formación (batalla), con la infantería en medio y la caballería en los flancos o costados (alas), encabezadas por el rey o el noble correspondiente. En el momento del ataque, la caballería cargaba de flanco sobre el enemigo, envolviéndolo, mientras la infantería chocaba una contra otra tratando de causar el mayor número posible de bajas.

Las milicias concejiles: eran las tropas VOLUNTARIAS reclutadas en las ciudades (concejos), que se encargaban de la defensa de su propia ciudad y que combatían para el ejército real por deseo propio (pues no estaban sujetos a vasallaje) a cambio de UNA SOLDADA que se les pagaba con cargo a las arcas municipales o al propio monarca. Solían ser fuerzas de desgaste, a veces bien entrenadas, y raramente contaban con refuerzos de caballería.

Las órdenes militares: cuando el combate era contra enemigos de la Fe cristiana (o sea, los musulmanes en el caso de España) las tropas reales contaban con el apoyo de las Ordenes Militares (las tres más importantes en el reino de Castilla durante el reinado de Alfonso X eran las de Santiago, Alcántara y Calatrava), mitad monjes y mitad soldados. Eran tropas de élite, caballeros en su mayoría, que combatían con un valor extremo, una disciplina férrea y una ferocidad inusitada y tenían prohibido ser hechos prisioneros, por lo que sólo cabía para ellos la victoria o la muerte. Solían ocupar los flancos de la formación, siempre en primera línea, y su intervención a menudo resultaba decisiva en el combate.


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Hay que añadir que en la Edad Media hubo muy pocas batallas campales que requiriesen la llamada "al fonsado". En el siglo XIII, concretamente, sólo hubo una: la batalla de Las Navas de Tolosa, el 16 de julio de 1212, que supuso un enfrentamiento de más de 100.000 guerreros entre cristianos (comandados por los reyes Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra) y musulmanes (encabezados por el califa almohade Muhammad al-Nasir, que resultó derrotado y permitió a los cristianos penetrar en el valle del Guadalquivir e iniciar la reconquista de Andalucía). Pero la mayoría de los choques que tuvieron lugar durante la Edad Media fueron pequeñas escaramuzas, expediciones de castigo (llamadas razzias y cabalgadas) o grandes asedios a ciudades (Córdoba, Sevilla, Murcia, Valencia, Mallorca...). Y añadamos que aunque en Las Navas de Tolosa se enfrentaron entre 80.000 y 100.000 combatientes, se trató de una rarísima excepción. A menudo los efectivos al mando de los monarcas de Castilla y Aragón no superaban en el mejor de los casos los 5.000 o 6.000 soldados entre caballeros y peones. En Las Navas hubieron de juntarse tres reyes con sus mesnadas nobiliarias, las milicias concejiles de varias ciudades castellanas y las tropas de las tres principales órdenes militares para alcanzar un número de unos 30 ó 40.000 cristianos frente a 60 u 80.000 guerreros almohades. Unas cifras exorbitadas que casi no volveremos a ver hasta las guerras napoleónicas del siglo XIX.

LA VIRTUD DE UN REY

Uno de los rasgos más destacados de los monarcas medievales era la magnanimidad, es decir, la grandeza de espíritu y la misericordia hacia los vencidos. A este respecto, los cronistas nos cuentan una interesante anécdota acerca de uno de los más poderosos monarcas del reino de Aragón: Alfonso I, llamado "el Batallador" (1104-1134).

Don Alfonso conquistó a los almorávides la ciudad de Zaragoza el 18 de diciembre de 1118. A menudo, a pesar de los esfuerzos por evitar que los pobladores musulmanes abandonasen las ciudades al caer en manos de los cristianos concediéndoles unas capitulaciones honrosas y una serie de privilegios ("fueros"), el miedo a las represalias o el fervor religioso podían más que las promesas de los reyes y muchos moros huían hacia los territorios aún bajo dominio islámico sin que las tropas cristianas lo impidiesen, ya que se trataba de persuadirles, no de obligarles a quedarse. Era necesario, entonces, REPOBLAR los territorios abandonados con nuevos habitantes traídos incluso de diferentes reinos.

Las crónicas nos cuentan que el caso de Zaragoza no fue distinto. Al rendirse los almorávides y entregar la ciudad al rey aragonés, miles de familias musulmanas saraqustíes se dispusieron a abandonar la ciudad con todos los bienes que pudieron acarrear. Cuando todo estaba dispuesto para partir, el monarca hizo detener la caravana de fugitivos a las puertas de Zaragoza y les obligó a mostrarle los tesoros que cargaban con ellos. Muchos de esos equipajes contenían cofres llenos de joyas, sacos con bandejas de plata, copas de oro, monedas y otros objetos valiosísimos que sus dueños legítimos pretendían sacar de la ciudad. El rey y sus guardias contemplaron todo ello con gran interés y con ojos codiciosos, pero cuando los preocupados musulmanes temían ya que iban a verse despojados de sus riquezas, don Alfonso les dijo:

"¡Escuchadme, moros de Zaragoza!: si no hiciese esto, pensaríais que os dejaba marchar engañado porque no sabía lo que os llevábais. Pues bien, ahora que lo he comprobado, os concedo que podáis partir en paz donde os plazca con todos vuestros bienes, pues ningún cristiano ha de privaros de ellos sin ser castigado"

Tal vez esta pequeña historia sea fruto de la invención, pero lo cierto es que la magnanimidad del gran rey don Alfonso I de Aragón y Pamplona era legendaria...

domingo, 4 de marzo de 2012

Santa María de Sigena... (o la historia de una tristeza)

No había estado jamás... Y ya iba siendo hora de rendirle una sentida visita...

Ayer cogí el coche, aprovechando uno de estos fines de semana de puente en los que no hay nada mucho mejor que hacer, y me fui para allá. Como estamos en España y no tengo GPS, la horrenda señalización de carreteras hizo que en Sariñena tomase el camino hacia Bujaraloz en lugar del de Fraga, teniendo que desandar lo andado en Castejón de Monegros para ¡al fin! llegar a Villanueva de Sigena poco antes de las dos de la tarde.

El entorno es una maravilla. Un desvío de 700 metros a la derecha antes de llegar a Villanueva te conduce hasta el exterior de la Capilla Real desde donde pueden contemplarse las nuevas construcciones del cenobio sigenense en el que se educó mi querido y ficticio "pater" dom Enrique de Çaragoça, monje cillerero de Nuestra Señora la Real de Sigena. Una puerta lateral permite la entrada al patio en el que se encuentra la magnífica portada de trece arquivoltas lisas, al lado del arcosolio que hace setenta y cinco años cobijaba la sepultura de Rodrigo de Lizana, hermano de la priora doña Ozenda, muerto en Muret en la infausta jornada del 13 de septiembre de 1213.

Acompañado por una simpática hermana de la Orden de Belén, congregación de origen francés que ocupa el monasterio desde 1986, recorrí la magnífica iglesia cenobial de una sola nave con cubierta de medio cañón apuntado y contemplé la Capilla Real con los sepulcros de don Pedro II "el Católico" de Aragón, de su madre doña Sancha (esposa de Alfonso II "el Trovador" y fundadora del monasterio en 1188) y de sus hermanas doña Dulce (muerta de enfermedad a los doce años por las malas condiciones climáticas del cenobio, construido sobre una antigua laguna cuyos efectos de humedad subterránea aún se dejan sentir en el edificio) y doña Blanca... sepulcros todos ellos vacíos tras la profanación y el incendio del verano de 1936. Ví los escasos jirones de pintura que quedan aún en los muros de la iglesia prioral, antaño cubiertos de magníficas imágenes, y la pequeña escultura policromada de Nuestra Señora de Sigena, réplica de la talla románica perdida para siempre en la azarosa historia del monasterio... Entré en la Capilla del Santísimo (antiguo refectorio de las Cruces de San Juan sigenenses), cubierta con enormes arcos diafragma, y recorrí el impresionante claustro con sus crujías sustentadas por arcos de medio punto, con especial interés en los CINCO arcos que parten de la misma esquina para sostener la techumbre restaurada de uno de los rincones del enorme dormitorio que ocupaban las monjas de Sigena hace ochocientos años. Ví también, desde afuera porque la humedad ha provocado desprendimientos que pueden poner en peligro a los visitantes, la extraordinaria Sala Capitular que ardió durante un mes en los infaustos primeros días de la Guerra Civil, impresionante aún sin sus espléndidas pinturas (hoy exiliadas en el Museo Nacional de Arte Románico de Cataluña) y sin las maravillosas techumbres mudéjares que se perdieron irremisiblemente en el incendio absurdo y salvaje del cenobio...

Se te cae el alma a los pies. Las solemnes ruinas del monasterio permiten hacerse una idea de su importancia y de su grandeza durante la Edad Media. En el siglo XIV, bajo el priorazgo de doña Blanca de Aragón y Anjou, alcanzó Sigena su máximo esplendor convirtiéndose más en un palacio que en un monasterio, donde cada hermana sanjuanista -todas ellas hijas de nobles familias aragonesas- edificó su propia celda en los rincones más inverosímiles, construida a sus expensas y ornamentada con obras de arte de calidad extraordinaria...


Nada de ello queda en la actualidad. Apenas el esqueleto de lo que fue y que, a duras penas, medio centenar de monjas tratan de mantener vivo. A la bancarrota, el abandono, las desamortizaciones del siglo XIX y la salvaje y absurda venganza de las columnas anarquistas catalanas que lo redujeron a cenizas en el verano del 36 (y que hizo reflexionar a su líder Buenaventura Durruti: "Este incendio nos va a hacer más daño que los cañones de los fascistas") se unieron a partir de los años 70 y 80 el despojo salvaje, el robo y la venta ilegal de los bienes que aún atesoraba en monasterio, los cuales fueron a parar a los museos de Barcelona y Lérida, dejando a Nuestra Señora la Real de Sigena convertido en un fantasma del pasado por cuyas ruinas paseó dom Enrique de Çaragoça con el alma encogida de nostalgia y de tristeza. Aunque es magro consuelo, entre 1910 y 1936 estudiosos y fotógrafos como A. Mas, J. Gudiol, J. Soler, R. Compairé y J. Luesma recogieron una ingente cantidad de imágenes del monasterio antes de su destrucción. En 1997 la Diputación de Huesca editó un librito interesantísimo con una recopilación de buena parte de esas fotografías que, junto con las piezas dispersas en los museos catalanes, son el único testimonio visual que perdura de los tesoros artísticos de Santa María la Real de Sigena...

Marché de allí con una sensación de abatimiento, no sin antes comprar una pieza de cerámica con la que las monjitas de la Orden de Belén tratan de ganarse la vida. No podía hacer menos. Y regresé a la vieja Zufaria pensando que Dom Enrique de Çaragoça tuvo mucha más suerte que yo...

martes, 28 de febrero de 2012

Sucedió un cinco de marzo, en Zaragoza...




No había pasado aún demasiado tiempo desde que las tropas francesas aprendieron en las calles de la capital maña cómo las gastaban sus habitantes si se trataba de defender su ciudad cuando de nuevo la Historia iba a ponerlos a prueba…

Las circunstancias

Acabada la Guerra de la Independencia, atravesado un período de intransigencia política y muerto el rey don Fernando VII “el Deseado” en 1833, España estaba de nuevo sumida en el caos, esta vez motivado por una guerra civil: la que enfrentaba al hermano del rey difunto, don Carlos, con su sobrina la ya reina Isabel, que apenas contaba tres añitos de edad. Recaía la regencia en su madre, la reina doña María Cristina de Borbón, y el levantamiento de don Carlos -llamado “el Pretendiente”, que se oponía a Isabel como sucesora en el trono argumentando que en tiempos de Felipe V de Borbón (1707-1746) las leyes de sucesión al trono de España habían decretado la preeminencia de los varones por delante de las mujeres- dió lugar a la Primera Guerra Carlista, que supuso un enfrentamiento no sólo dinástico sino también ideológico que partía ya de décadas anteriores. Los “carlistas” agrupaban a la tradición religiosa católica más intransigente (los llamados “apostólicos”, "realistas" o "serviles") y defensora de la foralidad vasco-navarra (donde tenía profunda raigambre) mientras que el bando “cristino” abanderaba un liberalismo centralista incipiente que, muy lejos de ser todavía democrático, resultaba al menos más moderado y tolerante que el ideario del Carlismo.

En estas circunstancias históricas, pues, tuvo lugar el ataque que la ciudad de Zaragoza sufrió por parte de las tropas del Pretendiente. Tras cinco años de guerra en la que habían descollado figuras como Tomás Zumalacárregui, Ramón Cabrera o Rafael Maroto en el bando carlista y Baldomero Espartero -especialmente- o Leopoldo O'Donnel en el cristino, Zaragoza constituía una magnífica posición estratégica, fuertemente protegida por una importante guarnición isabelina. Pero la noticia de que la ciudad había quedado prácticamente indefensa al haber partido sus soldados hacia el Maestrazgo (la provincia de Teruel era la más procarlista de Aragón, con Cantavieja como plaza fuerte principal) para detener a las tropas rebeldes en su avance hacia el norte hizo que el general Cabrera enviase contra la ciudad al general Juan Cabañero al mando de 2.800 infantes y 300 hombres de caballería, mas no con el ánimo de ocuparla (ya que estas tropas eran insuficientes para defenderla posteriormente) sino únicamente para saquearla. Parecía una presa bastante fácil…

La batalla

La madrugada del cinco de marzo de 1838 los alrededores de la puerta del Carmen (o Baltax) hormigueaban de uniformes azules y gorras rojas de los soldados carlistas, que entraron sigilosamente en la ciudad con la ayuda de sus partidarios en el interior de sus murallas. Amparándose en la oscuridad y en el silencio absoluto, las tropas de Juan Cabañero fueron tomando posiciones hasta llegar al Coso y a otros puntos estratégicos incluso dentro del casco viejo. Los soldados carlistas habían penetrado fácilmente en Zaragoza, aún era noche cerrada y parecía que la intentona iba a verse coronada por el éxito…

Entonces sucedió lo imprevisible. Desde un balcón del Coso zaragozano, un ciudadano encendió una lámpara, descubrió a los atacantes y dió la primera voz de alarma: “¡Los carlistas! ¡Los carlistas! ¡Todos a la calle con las Milicias Nacionales!”… (éstas eran las fuerzas voluntarias liberales creadas por el Gobierno al servicio de la causa isabelina). En muy poco tiempo, desde balcones, ventanas, portales y esquinas comenzaron a llover macetas, sartenazos, pedradas, cuchilladas, golpes con utensilios de cocina y agricultura, disparos de armas de caza, jofainas y palanganas de aceite y agua hirviendo y los más insospechados objetos contundentes sobre los sorprendidos y aterrorizados asaltantes mientras las tropas de las Milicias Nacionales salían armadas a la calle para repeler la agresión. Se cuenta incluso que el general Cabañero, muy satisfecho por el desarrollo inicial de la operación, había entrado en una chocolatería con arrogancia (es de suponer que despertando a sus dueños) y pedido un chocolate como desayuno… chocolate que no pudo siquiera empezar a disfrutar, viéndose obligado a salir de nuevo a la calle, alarmado, y tomar el mando de sus ahuyentadas tropas.

La noticia de que el resto de la guarnición cristina de Zaragoza podría estar de nuevo en camino hacia la ciudad para socorrerla decidió al general carlista a abandonar la intentona. Antes del mediodía de ese 5 de marzo los soldados de Juan Cabañero habían abandonado apresuradamente la ciudad, dejando abandonados en sus calles más de trescientos cadáveres. Zaragoza estaba salvada gracias al valor, el arrojo y la decisión de sus habitantes.

Tras el fracaso de la “cincomarzada” se concedió al escudo de la ciudad la noble titulación de “Siempre Heroica” (S.H.), se conmemoró anualmente con una fiesta popular (la primera que se celebró con carácter no religioso) y se le dio el nombre de Cinco de Marzo a una calle aledaña a la Huerta de Santa Engracia (hoy Paseo de la Independencia). Y aunque durante la dictadura de Francisco Franco dicha calle fue cambiada de nombre y pasó a llamarse Requeté Aragonés (en honor a las milicias del Partido Tradicionalista que combatieron con el bando rebelde en la Guerra Civil española), en 1977, tras la muerte del dictador, se le devolvió la denominación original que todavía hoy conserva. Además, desde los años 80 el Concejo zaragozano recuperó de nuevo la festividad que conmemoraba este espontáneo y valeroso hecho de armas, celebrándola con una fiesta popular al aire libre en memoria de aquellos hombres y mujeres que se lanzaron a la calle sin dudarlo, en defensa de su ciudad, aquel lejano 5 de marzo de 1838…


EPÍLOGO:

Cuando en el año 1840 el general Juan Cabañero (que había cambiado de bando tras la victoria liberal sobre los carlistas) volvió a entrar en Zaragoza, esta vez al frente de las tropas isabelinas llegadas para combatir al general Ramón Cabrera, se dice que los zaragozanos (haciendo gala de su tradicional "retranca") le gritaron a su paso por las calles de la ciudad: "¡Cabañero... que se te está enfriando el chocolate!"

¡Si es que somos la leche!...

lunes, 30 de enero de 2012

Nuevo año... nuevos propósitos

2012, ya... Cómo pasa el tiempo, rediós. Conmemoración del Compromiso de Caspe (1412) y de las Navas de Tolosa (1212). Destino definitivo donde me toque. Adiós al Gallicum de la vieja Zufaria... Y el fin del mundo, si les hacemos caso a los gilipollas de siempre, que no hay año que no lo profeticen unos u otros...

Ha sido una salida de año, unas Navidades, en general, un poco traumáticas. Una enfermedad repentina que suena fatal (neumonía asociada a una insuficiencia cardíaca, nada menos) hizo que me cogiese la nochevieja ingresado en el hospital universitario "Miguel Servet" de Zaragoza, atendido por unas enfermeras maravillosas y un personal sanitario excelente (y no es peloteo ni lujuria, sino justicia) y acompañado por un anciano de 74 años que no fue un mal compañero de habitación...

Siete días de maldormir y más de veinte kilos adelgazados después (algo bueno debía tener el Hospital) fueron seguidos por un feliz día de Reyes (unos reyes que, por una vez, acertaron con mis gustos), el bautizo de mi sobrinico Dámaso, el cumpleaños de mi hermana, el de mi cuñado y el de mi madre (fiestorras que me han hecho recuperar un par de kilos pero que espero volver a quitarme de encima en estos días ya de mayor frugalidad)...

Y a pesar de todo, de los goteros, de las noches maldurmiendo, de las uvas tomadas en la soledad de la habitación, estas Navidades han sido para mí mucho mejores que las del año pasado. Estaba yo con unos ánimos muy diferentes, a pesar de mi enfermedad. La gente se volcó conmigo y pude ver con toda claridad dónde están los amigos de verdad, los que me quieren, y dónde los falsos o los interesados (que no tuvieron el cuajo ni de preguntar por mí en absoluto). Cada cual que se apunte el tanto donde más le duela. Ellos sabrán. Yo ahora lo tengo más que claro.

No sé si este año terminaré entero. No, no lo digo porque me vayan a descuartizar, pero lo de la gastroplastia supondrá que me quiten las dos terceras partes del estómago, así que por eso lo digo. Ahora estoy en manos ya de los médicos, y a tenor de cómo me han tratado hasta ahora, estoy tranquilo porque sé que son buenas manos, profesionales. En cualquier caso, y a pesar de la crisis, de los recortes y de la puta que los parió, con PP o con PSOE, presiento que va a ser un buen año.

Ojalá no me equivoque...

Feliz 2012 a todos.

(Y me refiero a todos...)

La rana más famosa del mundo



Empezaremos este año 2012 con una de esas viejas historias que nos hacen olvidar un poco la caótica situación en que vivimos...

Situémonos en la bellísima ciudad leonesa de Salamanca a mediados del siglo XVI. La universidad salmantina fue una de las primeras fundadas en España, en 1218, sólo superada en antigüedad por la de Palencia (1208/14). Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, los Reyes Católicos, tomaron bajo su protección la Universidad de Salamanca y cuando entre 1529 y 1533 se erigió la magnífica fachada que hoy podemos ver en el Patio de Escuelas, fue dedicada a ambos monarcas, que figuran en un gran medallón en medio de la misma con una inscripción en griego a su alrededor que, traducida al castellano, reza: "LOS REYES PARA LA UNIVERSIDAD, Y ÉSTA PARA LOS REYES", haciendo alusión a este patronazgo regio. Su coste fue de 30.000 ducados, pero se desconoce aún hoy quién fue su artífice.

Sin embargo, la fachada de la Universidad de Salamanca, de estilo plateresco (así llamado porque su rica labor ornamental se asemeja a las filigranas de los orfebres y plateros en sus obras) ofrece al espectador algunas curiosidades entre las que destaca la que encabeza esta entrada: la rana más famosa del mundo. Se trata de un anfibio de minúsculas dimensiones, tallado en piedra sobre una calavera. La tradición dice que el estudiante que sea capaz de verla sin que nadie le indique su localización logrará aprobar todas las asignaturas que curse en su carrera universitaria. Cualquiera podría pensar que el detalle de la ranita fue una broma de los tallistas que labraron la magnífica obra, pero hay que tener en cuenta un detalle importante: el arte del renacimiento está lleno de simbología y nada hay en sus obras que esté dispuesto al azar. Nada es lo que parece. Ni siquiera la famosa rana. En su libro "Arte y Humanismo" el ilustre iconólogo e historiador del arte Santiago Sebastián nos da esta explicación:

La fachada de la Universidad de Salamanca está concebida como un Palacio de la Virtud y el Vicio, de manera que presenta DOS puertas (algo inusual, ya que a menudo el número de accesos a un edificio suele ser impar: uno, tres o incluso cinco, en el caso de algunas catedrales), que simbolizan ambas concepciones. La puerta de la derecha está presidida, en la parte más alta de la fachada, por una imagen de Hércules, símbolo de la Virtud, apoyado en su maza o "clava", mientras que la de la izquierda tiene en su parte superior la imagen de la diosa Venus, símbolo del Placer Terrenal (o sea, el Vicio), apoyada sobre una columna. Las imágenes que van desarrollándose bajo uno u otro emblema simbolizan asimismo personajes relacionados con la Virtud (a la derecha: Alejandro Magno, Marco aurelio, trofeos militares, etc.) o el Vicio (a la izquierda: amorcillos juguetones, rostros ensimismados y boquiabiertos, el emperador Nerón...). Los estudiantes entrarían, así, por la puerta de la Virtud y saldrían por la del Vicio.

¿Y la rana? ¿Por qué una rana sobre una calavera? Ya hemos dicho que nada en el arte del Renacimiento está ahí por azar o casualidad. Santiago Sebastián explica que la rana es el símbolo de la Lujuria, que suele representarse como una mujer con una rana posada sobre el sexo, por lo que en este caso podría ser una imagen de la Muerte motivada por este vicio de la Lujuria. Sin embargo nos encontramos con un problema: la famosa rana se encuentra A LA DERECHA de la fachada (no os voy a decir dónde exactamente), por lo cual su localización es errónea. El profesor Sebastián afirma, así, que los canteros pudieron sufrir un error de interpretación al tallar el simpático animalito en un lugar equivocado: debería estar a la IZQUIERDA, bajo la imagen de Venus...

Se han dado muchas interpretaciones a la presencia de este bicho: otra posibilidad es que haga referencia al príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos, muerto a los 19 años por abusar del "débito conyugal" (unido a la mala salud endémica del infante) con su esposa la princesa Margarita de Austria, pero en cualquier caso hoy "la rana más famosa del mundo" constituye uno de los muchos atractivos turísticos de la bella ciudad leonesa... No os la podéis perder.