sábado, 8 de mayo de 2010

El Nombre de la Rosa


Esta vez voy a ponerme platónico...


En el Mundo de las Ideas esta novela hace mucho tiempo que ya estaba escrita. Umberto Eco sólo la trajo al mundo sensible, al de las sombras, para que los pobres encadenados en la Caverna tuviésemos al menos la satisfacción de leerla e intuir lo que significa la Idea Universal de "Novela Histórica"...


Se han dicho muchísimas cosas sobre ella, se han vertido críticas sin cuento en revistas y foros y se ha convertido en referencia insoslayable de lo que conocemos como un "Best Seller". Pero ocurre que, así como muchos de estos "éxitos de ventas" no parecen tener una explicación que justifique su fortuna (¿qué demonios tiene "El Código da Vinci" para haber hecho multimillonario a Dan Brown?), en el caso de esta obra tanto la profundidad de su temática y la intensidad de su argumento como la calidad literaria y el dominio del período que refleja la convierten en una obra maestra por derecho propio, sin necesidad del despliegue mediático-propagandístico que la rodeó en su momento. Es lo que suele ocurrir cuando un escritor sabe de lo que habla y, además, es un maestro transmitiéndolo...

"El Nombre de la Rosa" me convirtió en rendido discípulo de esa mezcla de Sherlock Holmes, Guillermo de Ockham y Leonardo da Vinci que es Guillermo de Baskerville, un monje franciscano inglés ("mis islas", dijo Guillermo con nostalgia) que ha sido convocado junto a su joven amanuense, el novicio Adso de Melk, a una reunión en "una remota abadía perdida en el recóndito norte de Italia, una abadía cuyo nombre parece ahora más prudente y piadoso omitir" para la ardua tarea diplomática de defender las tesis de los franciscanos sobre la Pobreza de Cristo frente a los postulados sobre la Caridad de la Iglesia mantenidos por los teólogos de la delegación del papa Juan XXII. Pero, sin poder ni querer evitarlo debido a su curiosidad innata y a su afán de sabiduría, Guillermo se encuentra enzarzado en una trama policíaca en la cual los crímenes que se producen en la abadía anfitriona del encuentro entre las legaciones papal e imperial sumergen al lector en un cuadro fascinante en el que se mezclan la Herejía (¡Penitenciágite! ¡Cuidado con el Diávolo qui arrivará in futurum para devorar tu ánima! ¡La Morte est supra nos!), la Inquisición (con ese Bernardo Gui que encarna la intransigencia más radical aliada con el poder más omnímodo), la Teología (las referencias escolásticas son innumerables), la Filosofía (Aristóteles como maestro indiscutible del saber humano), la Bibliofilia (que a un amante de los libros tan rendido como un servidor la primera vez que Adso y Guillermo penetran en los secretos de la Biblioteca y descubren sus tesoros le pone los pelos como escarpias), el Crimen (morir envenenado en la misma medida y con la misma rapidez que nos consume el ansia del conocimiento... es colosal, soberbio, inimaginable) y las bajas pasiones humanas (no tenía idea yo de cómo podía correrse uno en latín)...


El joven Adso de Melk, ese trasunto del doctor John Watson, es quien cuenta la historia, pero la abadía es la verdadera protagonista de la novela. Todos los personajes se mueven, discuten, reflexionan, investigan, asesinan, se enorgullecen, estudian, aprenden, dan rienda suelta a sus impulsos más primitivos y mueren "entre estos mismos muros" (Ubertino da Casale) que al final son pasto de las llamas en un estremecedor epílogo en el que el fuego consume, como justo castigo divino, ese infierno "abandonado de la mano de Dios" (Adso de Melk). Yo también dibujaba en la mente las distintas salas de la biblioteca conforme Adso y Guillermo van recorriéndolas, antes de descubrir que Umberto Eco lo había hecho ya por mí en una de las pocas ilustraciones que tiene la novela. Pero también imaginaba el entorno de la iglesia, del refectorio o del scriptorium mientras Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos se enzarzaban en esa apasionante discusión ("Tum podex carmen horridulum") sobre la risa de Cristo ...


Dos historias paralelas, unos crímenes propios de la más emocionante Novela Negra y una excelente descripción de la herejía, la alta política y el pensamiento escolástico tardomedieval con citas y referencias a los más eminentes Padres de la Iglesia, con decenas de lecturas posibles (sociales, filósóficas, policíacas, eróticas, científicas, teológicas, jurídicas...), un mundo en el que bucear, el de la Baja Edad Media que, además, me resulta arrebatador, cautivador, extraordinario... ¿Se puede pedir más? Pues va a ser que sí.


Porque entonces, en pleno apogeo y triunfo de la obra del profesor boloñés, llegó Jean-Jacques Annaud y dirigió una soberbia película que, en esencia, recogía magistralmente el espíritu de la novela y de sus personajes, resumiéndola como el cine exige merced al poder de la imagen en movimiento y que me cautivó tanto o más que la propia obra literaria. Al margen de que se trata de dos medios completamente distintos para contar una historia y de que a menudo el cine desvirtúa y prostituye la literatura en aras de la espectacularidad, la película del director francés me enamoró, sobre todo con ese magnífico y maduro Sean Connery al lado de Ron Perlman, Christian Slater, F. Murray Abraham (el Antonio Salieri de Amadeus, que ya hablaré de esta película en otra ocasión) y un elenco de actores tan magistralmente escogidos que convirtieron el film en un referente ineludible del cine histórico del siglo XX. Una historia bien contada, espléndidamente fotografiada y ambientada (¡ese Laberinto de la Biblioteca, ese nártex de la iglesia abacial, joder, eso es de Oscar indiscutible al mejor decorado!), magistralmente resuelta. Una de ésas de las que recuerdas toda la vida algunos diálogos:


Abbone: ¿Debemos decírselo?

Malaquías: No. Buscaría allí donde no debe.

Abbone: Pero... ¿Y si lo descubre... por cuenta propia?

Malaquías: Sobreestimáis su inteligencia, mi señor Abad. Sólo existe una autoridad capaz de investigar tales asuntos. La Santa Inquisición...


Abbone: ¿Qué opináis vos, venerable Jorge?


Jorge de Burgos: Amados hermanos... Yo dejo las cosas mundanas para los más jóvenes.






Colosal. Los pelos como escarpias, ya lo he dicho antes.

"Stat pristina Rosa nomine, nomina nuda tenemus..."

Sí, lo he decidido. Yo, de mayor, quiero ser Guillermo de Baskerville.

sábado, 1 de mayo de 2010

1 de Mayo. Día del... ¿Trabajo?





Poca gente recordará los hechos que desembocaron en la celebración del día 1 de mayo como Fiesta del Trabajo. Ocurrió en 1886, en Chicago, a raíz de una huelga general por la petición de la jornada de 8 horas, que desembocó en los incidentes de Haymarket, durante los cuales un desconocido lanzó una bomba a la policía y cinco detenidos anarquistas fueron posteriormente condenados a muerte...


Esta mañana no tenía yo ganas de ir a ninguna manifestación, pero he salido al centro y me la he encontrado de bruces en la plaza de San Miguel. Las mismas pancartas de todos los años, las mismas reivindicaciones (derecho a un trabajo digno, contratos fijos, subida de los sueldos, reducción de impuestos, garantías de subsidio de desempleo...) sobre todo ahora, en un país con una tasa de paro superior al 20% y la economía descendiendo cada semana por debajo de todas las previsiones...


He ido ya a muchas manifestaciones en mi vida y sé que sirven para bastante poco. Sean del tipo que sean. Millones de manos blancas no pudieron impedir el asesinato vil y anunciado de Miguel Ángel Blanco. Millones de gritos de "¡No a la Guerra!" tampoco sirvieron para detener la intervención de España en Irak ni la canallada del 11M en la estación de Atocha, y encima fueron politizados nauseabundamente para llevar el agua a determinados molinos. Profesores de toda España en la calle tampoco impedimos una reforma educativa que nos ha llevado a ser uno de los países más incultos de Europa (véase el informe PISA o paséense, simplemente, por las aulas de cualquier instituto español...). Desde todos esos días, dejé de participar en huelgas y en manifestaciones a las que los gobiernos de turno (PP o PSOE) han hecho oídos sordos en todas las legislaturas...


Así que me he topado con los manifestantes (no sé lo que dirán las cadenas televisivas o los periódicos, pero lo que yo he visto han sido cuatro gatos) y no he podido dejar de sonreír para mis adentros (no era cuestión de ir de provocador) pensando que las manifestaciones del 1 de mayo se han convertido ya en algo que hay que hacer porque sí, porque es el Día del Trabajo y "toca" manifestarse, a pesar de que ahora hay más motivos que nunca para hacerlo. Tenían todos un aspecto muy colorista, con unas hermosas pancartas, banderines y estandartes rojos que se asemejaban mucho a los de "El último samurái", y al pensar esto ya directamente me he metido por la calle San Miguel porque me ha entrado la risa floja y temía que alguno me preguntase de qué coño me estaba riendo... No habría sabido qué contestarle.


Pero ya he dicho que no pienso participar en ninguna más. Estoy ya más que harto de que el único derecho del trabajador en esta democracia de habas sea el derecho a la pataleta. Esto no lo arreglamos entre todos, y mucho menos manifestándonos. Esto o se arregla desde arriba, desde quienes tienen medios para arreglarlo (que son los mismos que lo estropearon con la especulación salvaje y la imprevisión de los resultados que tal especulación podían traer)... o no te queda otra que mandarlo todo a la mierda y tirarte al monte y que salga el sol por Antequera. Y yo ya estoy muy mayor y muy aburguesado para colgarme el Kalashnikov del hombro (aunque tengo uno, de pegolete) y lanzarme al Pirineo o al Moncayo a vivir como Luis Candelas.


Lamento tener que decirlo, pero ya he llegado a ese punto en el que todo me da igual y me aferro a mi propio bienestar. "Virgencica del Pilar, que me quede como estoy". Desde esa posición de relativa seguridad laboral que te da el funcionariado público (a pesar de las interinidades, de las subidas de impuestos, la hipoteca y el IRPF) siento en el alma contemplar la situación de quienes están peor que yo (mucho peor) y me gustaría poder hacer algo por ellos, realmente, pero no creo que manifestarme sea la solución. No sé cuál puede ser. Yo me limito a ejercer mi trabajo lo mejor que sé hacerlo y a tratar de ser buena gente, de que mis alumnos aprendan Geografía e Historia a pesar del Sistema Educativo que soportan. Llamadme egoísta insolidario, ya estoy acostumbrado. Pero sé que todas las malditas revoluciones han sido ya hechas, y todas ellas han acabado en manos de los de siempre: especuladores, chantajistas, políticos corruptos, manipuladores, demagogos, sinvergüenzas... Así que ya solo quedamos los peones, los pringaos, luchando por nuestra casilla en el tablero. Y ya he dicho que yo soy de los que, de momento, tienen suerte. Si me sacan del juego, porque también a mí me puede tocar el premio en esta mierda de lotería, pues ya veremos entonces las medidas que tomo. Pero soy muy consciente de que las tendré que tomar yo, porque lo que es de la pandilla de inútiles que me gobiernan bien poco puedo esperar...

Cuando volvía a casa me he topado con otra manifestación. Esta vez eran de la CNT. Radicales, de los llamados "antisistema". Había más policías que manifestantes (el mítin era en la plaza Reina Sofía, al lado de un local de neonazis y, supongo, temían incidentes). Muy jóvenes, casi todos ellos. Y cuando les he escuchado cantar "A las barricadas", un escalofrío me ha recorrido la espalda. Todavía no sé si de Esperanza por ellos... o de miedo por mí mismo.

viernes, 30 de abril de 2010

Justas de San Jorge. Zaragoza, 23-24-25 de abril de 2010


Pues sí, señores. Me metí a manifecero y, mal que bien, con sus fallos y sus aciertos, las Justas de San Jorge fueron un evento magnífico, aunque sospecho que más gracias a la ayuda que todo el mundo me prestó que a mis dotes como organizador. Pero de todo se aprende, y ardo en deseos de volver a repetir algo similar pero con más fortuna, más experiencia y menos meteduras de pata... Que tampoco fueron insalvables, vaya.
Dejo aquí el enlace a la crónica y a un estupendo blog de fotografía perteneciente a César Ángel. Espléndido, no os lo perdáis...

jueves, 8 de abril de 2010

Aves de rapiña



Benditos abuelos... Les dices que les van a dar un caramelo gratis y... "¡Yo por un caramelo para mi nieto, MA... TO!" Es el típico caso de las abuelas en las cabalgatas de Reyes. Todo el año entrenando para hacerse con un puñado de caramelos y hundirlo en los oscuros repliegues de sus bolsos (nada más inquietante que el bolso de una vieja) "para los nietecicos" (¡Y una leche, que por algo la mayoría de ellas llevan los dientes postizos!).



Viene esta entrada al hecho de que esta tarde he estado en la presentación de un libro... que regalaban al público asistente al acto al finalizar el mismo. Como ya imaginaba, el local estaba lleno de abueletes que, mayormente, "sufrían" la presentación a la espera impaciente del término de la misma para rapiñar el libro de marras (muy bonito y muy escoscao, por cierto). En cuanto ha acabado la charla y se han dado las gracias por asistir, el abuelerío ha formado una caótica cola para recibir "el regalo". Se oían graznidos, chirridos, afilar de garras y picos... Menos mal que he andado ojo avizor y, sin que se diesen cuenta los organizadores, he trincao el libro que estaba sobre el atril de la mesa de los ponentes y me lo he llevado por todo el morro, descubriendo al salir que -como me barruntaba- los ejemplares para regalar se habían agotado en un pispás...



Jodidos carroñeros...

lunes, 5 de abril de 2010

"El Amor y la Muerte". José Luis Corral ataca de nuevo...

Otro autor del que me precio de conocer bastante bien su obra. En este caso lo que me averronchó contra el rocaje vivo de este escritor fue el hecho de ser profesor de Historia Medieval y director del Taller de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, mi "alma mater". Gracias a esa atractiva carta de presentación -ya que mi pasión por la Edad Media es más que evidente- comencé a leerme su deliciosa novela "El Salón Dorado", que tengo en dos ediciones (una de ellas la "de luxe" ilustrada que su editorial, Edhasa, publicó con motivo del 10º aniversario) y que huelga decir que me pareció maravillosa. Luego pasó por mis anaqueles "El Cid", que me gustó un poco menos, y más tarde cayeron "El invierno de la Corona" (sobre la época del rey don Pedro IV "el Ceremonioso" de Aragón), "Numancia", "Trafalgar", "Independencia" (me falta "El rey felón" para completar la trilogía), "El número de Dios" e incluso obras no ya literarias sino ensayos históricos como "Taller de Historia (el oficio que amamos)" (un excelente conjunto de lecciones prácticas sobre el apasionante oficio de historiador), "Breve historia de la Orden del Temple", "Mitos y Leyendas de Aragón" (que me firmó él mismo en la Feria del Libro del año 2008) y "La torre y el caballero" (sobre el ocaso del feudalismo en la figura de don Pedro Ximénez de Urrea), de tal modo que, a falta de "El amuleto de bronce" (que trata de Gengis Khan y el imperio mongol, que nunca me ha interesado), "Fulcanelli, el dueño del secreto" (que ni siquiera sé exactamente de qué va), "Fátima (el enigma de las apariciones)" -demasiado esotérico para mi gusto-, "El caballero del Templo" (¡que me niego a leer porque estoy del Temple y los templarios hasta la coronilla!) y alguna cosilla más que tiene publicada por ahí, creo sinceramente que no es tampoco un "curriculum lectis" que tenga que envidiar al que he adquirido de Arturo Pérez-Reverte, como vimos en la anterior entrada, y que me convierte también en un "corralista" consumado...

Por eso me atrevo a decir, tras la quasi-acabada lectura de su nueva "novela" titulada "El Amor y la Muerte", que el señor Corral... no es novelista. No, no me miren así los incondicionales de este autor: José Luis Corral Lafuente es un amenísimo divulgador de la Edad Media ("El Salón Dorado", "El invierno de la Corona", "El número de Dios"...), la Edad Antigua ("Numancia") y la Edad Contemporánea ("Trafalgar", "Independencia", "El rey felón"), pero ante todo es historiador y por muchos esfuerzos que se tome no le es posible ocultarlo ni tampoco creo que lo quiera. La lectura de sus novelas es una fabulosa "plongée" en el mundo medieval, antiguo, moderno o contemporáneo que te rodea y te sumerge de lleno en la época, pero los personajes -salvo honrosas excepciones- están someramente dibujados, son simples pretextos de unas obras donde el verdadero protagonista es el entorno, la ciudad ("El número de Dios"), la corte ("El invierno de la Corona", "El rey felón"), la sociedad ("Numancia"), el mar y sus gentes ("Trafalgar") o la guerra ("Independencia"). Las historias que nos transmite importan menos que el ámbito que las acoge. Y la verdad es que tal modo de novelar me gusta, pero entiendo que no es propiamente literatura sino ensayo novelado.

Tal vez sea este "El Amor y la Muerte" el caso más evidente que ilustra esta opinión. Se nos presenta como una "novela" sobre la vida de Pedro Abelardo, "El Palatino", el más famoso de los filósofos de la Escuela de París en el siglo XII, pero no deja de ser una biografía contada por un supuesto discípulo suyo (ahí es evidente la inspiración de la soberbia "El nombre de la rosa", de Umberto Eco, que prometo que será una entrada especial de este blog porque lo merece por sí misma) en la cual sólo hay un protagonista, elevado a los altares del intelecto de tal modo que llega a producir vergüenza ajena. Abelardo sólo puede ser definido con una palabra: PERFECTO. Guapo, atractivo, bien plantado, educadísimo, fogoso, apasionado, inteligentísimo, maestro de filósofos y teólogos, lo tiene todo. Su periplo vital está tan lleno de miserias, envidias y zancadillas por parte de sus muchos y envidiosos enemigos que parece la semblanza de un mártir de las letras. Hasta su amada Eloísa -de la que en principio debería tratar también la "novela"- está tan pobremente dibujada y se limita a seguir tan ciegamente los designios y deseos de su augusto marido que... queda como una auténtica "bragazas" (que vendría a ser el trasunto femenino del "calzonazos" masculino) plegándose al amor de su señor y quedando anulado su intelecto y su capacidad de decisión hasta tal punto que da un poco de grima leer su trayectoria vital. Pobre chica, oye.


A pesar de todo, la obra del señor Corral es atractiva para quien tiene interés en la época que recrea. Estamos ante un amenísimo profesor de Historia, por lo que conviene desempolvar algunos conocimientos de Filosofía Escolástica, de Teología y de Historia medieval (¿recordáis algo de la polémica sobre los Universales y la diatriba entre Razón y Fe en la Baja Edad Media? ¡Pues corriendo a por esos manuales de filosofía de vuestros años mozos, que os van a hacer falta para entender los entresijos de la vida del señor Abelardo!) para abarcar la novela (?) en todas sus facetas, pero a mí eso es algo que me cuesta poco esfuerzo y que incluso agradezco. Por eso advierto: estad seguros, mis cachorros, de que la lectura de "El Amor y la Muerte" puede resultaros un perfecto pestiño si no estáis acostumbrados a la manera de novelar del amigo Corral. Francamente, os recomiendo comenzar con "El Salón Dorado" para disfrutar de la Edad Media contada por el profesor darocense...

Me lo agradeceréis.

viernes, 26 de marzo de 2010

"EL ASEDIO". Nuevo mamotreto revertiano...



Pues eso: "nova opera habemus" de la mano del inefable don Arturo Pérez-Reverte, un escritor con cuya trayectoria literaria estoy muy familiarizado (me he leído prácticamente TODO lo que de él ha salido impreso) y que me despierta un sentimiento de admiración-fascinación-hastío-aborrecimiento muy difícil de definir pero que, hablando con otros allegados míos, está lejos de ser una apreciación única.


Yo llegué a la obra revertiana desde sus artículos en XLSemanal, el suplemento dominical del Heraldo de Aragón, que al principio me parecían geniales, rompedores, llenos de energía vital, con dosis mortales de mala uva y sin sombra de pelos en la lengua y que ahora me resultan ya repetitivos, cansinos y desesperanzados hasta el punto de que apenas me dicen nada nuevo. Pero en esa primera fase de descubrimiento empecé a calzarme "Territorio Comanche", "El maestro de esgrima", "La tabla de Flandes", "El club Dumas" y "La piel del tambor", que fueron los primeros que me leí casi sin respirar. Luego pasé a las soberbias aventuras del Capitán Alatriste (que sigo devorando con absoluta fruición de una sentada) y a obritas menores como "Cachito (un asunto de honor)", "El húsar" o "La sombra del águila". Y finalmente, en una tercera etapa, me leí "La carta esférica", "La reina del sur", "Cabo Trafalgar", la infumable "El pintor de batallas" (la única que no me pude acabar porque me daba vomiteras semejante ejercicio de masturbación intelectual del Excmo. Sr. Académico de la Lengua) y "Un día de cólera", que salió arropada por los ¿fastos? del IIº Centenario del 2 de mayo y el comienzo de la Guerra de la Independencia. Currículum éste que, unido a la lectura de los cuatro volúmenes de artículos periodísticos recopilados desde 1996 hasta el año pasado y si no me he dejado algún título más en el tintero, creo que me convierte en un lector consumado y buen conocedor de la obra revertiana.


Pero eso, quería hablar hoy de "El asedio", su última novela. Fue anunciada a bombo y platillo ya en un suelto inserto entre las páginas de "Cuando éramos honrados mercenarios", la última recopilación de artículos publicada por Alfaguara en noviembre del 2009 (creo) y tenía buena pinta. Como primera impresión (acabo de terminar su lectura hace escasamente una hora) he de decir que no me ha defraudado. Escribe bien, el cabrón. MUY bien. Al margen de que algunos personajes (Rogelio Tizón y Pepe Lobo) son -como siempre- trasuntos del autor cargados de lucidez, amargura, "pofesionalidás" y nobleza dentro de sus principios personalísimos, y de que la dama protagonista es un dechado de virtudes, mujer independiente, soltera (por supuesto), hecha a sí misma, fuerte, luchadora tenaz y heroína de sus propias convicciones (como "La reina del sur", esa Teresa Mendoza a la que también hay que echar de comer aparte), lo cierto es que la ambientación histórica de la ciudad de Cádiz durante el asedio francés en 1812 (la novela es un verdadero cántico a la bellísima "Tacita de Plata" andaluza, así que muy pronto veremos a don Arturo siendo nombrado Hijo Predilecto si no ha recibido el título ya) es fabulosa, la historia narrada engancha desde la primera página (una chica joven aparece amordazada, maniatada y con la espalda desollada a latigazos en una playa gaditana) y el manejo de la Lengua Española y, especialmente, del habla marinera es verdaderamente soberbio (el escritor cartagenero navega desde que tiene uso de razón y ya lo demostró en "La carta esférica" o "Cabo Trafalgar", por ejemplo), de manera que sus 700 y pico páginas se leen sin fatiga y con un interés creciente que se resuelve verdaderamente bien, dejando al final ese poso agridulce (más bien tirando más a "agri" que a "dulce") que tienen todas sus novelas.


Es decir: que merece la pena leérsela porque se disfruta con ella. Parece que el muchacho ha vuelto a ese estilo narrativo que lo caracterizaba antes de su nombramiento como Académico de la Lengua, momento a partir del cual el sillón se le subió a las orejas y empezó a mirar el mundo desde todavía más arriba de la atalaya en que ya estaba subido casi desde el principio de su carrera literaria. Y no sé si me jode o me alegra, fíjate tú. Me alegra porque su obra, en general, me gusta mucho por lo bien que maneja las palabras, lo bien que construye sus historias y la excelente labor que ha hecho para acercar la Literatura y la Historia de España a la juventud (yo suelo recomendar la saga de Alatriste a mis alumnos siempre que tengo oportunidad). Pero me jode, por otra parte, por lo desconcertante que me resulta que un cansino endiosado como él, un amargado profesional, un "lúcido" (hay que ver lo que le gusta esa puta palabra al cartagenero) que confunde "dignidad" con "soberbia" -a capazos, oiga- y desconoce el significado de la palabra "humildad" sea capaz de llevar de nuevo el agua a su molino y arrastrarme hacia su personalísimo (y equivocadísimo, en mi opinión) punto de vista sobre la vida y el ser humano haciéndome comulgar con sus principios y obligándome a reflexionar sobre los míos.


Será por eso, a lo mejor, que me sigue gustando este cabronazo de mierda...

lunes, 8 de marzo de 2010

¿Cutrebodas de Isabel? Un motivo para la autocrítica


Hace unos días transmitieron por Aragón TV un reportaje sobre Las Bodas de Isabel de Segura que realmente me dejó muy mal sabor de boca.






No es que el programa sea malo, al fín y al cabo reportajes de este tipo los hay a patadas, pero lo que me rechinó fue la imagen de Teruel que se desprende de él. Llevo participando en Las Bodas ya cinco años, bien como asistente o bien como colaborador en la coordinación del campamento recreacionista como miembro de Fidelis Regi. Amo a Teruel desde que tuve el privilegio de trabajar y vivir todo un año en la ciudad, descubriéndola y apreciándola. Amo esa fiesta, que me lleva por unos días a una Edad Media que me entusiasma. He pasado momentos maravillosos en ella y he aguantado también muchas cosas, muchos nervios y sinsabores, mucho trabajo y muchas preocupaciones que me podía haber evitado y que no he hecho porque los buenos ratos han superado con creces a los malos. Por eso el reportaje de marras me ha dejado un punto amargo en el ánimo...

Como aragonés y como amante de la fiesta de las Bodas de Isabel no me ha gustado un pelo lo que he visto. Me ha llenado de vergüenza propia y ajena, por ejemplo, esa imagen de la mujer turolense tan deplorable y repetitiva (putas, putas y reputas), esas cutreces salchicheras de freyres templarios emborrachándose, comidas calentadas en hornos microondas, colgados borrachos arrastrando una valla en mitad de la noche a modo de "Harley Davidson" de todo a cien o Jack Sparrow luciendo el loro y el sable como si tuviera la Perla Negra aparcada en un remanso del Alfambra. O del Turia o del Guadalaviar (que me da lo mismo, maese Polo ;)). Es evidente que el programa "Detrás de mi cámara" ha jugado a ser "Callejeros" con una fuerte dosis de mala leche, buscando lo cutre, el gazapo, la ocasión para el cachondeo DE la fiesta (y no CON ella), la manipulación hortera. Es decir: usando la libertad de expresión de un modo torticero (injusto) mostrando una parte del todo y dando una imagen como mínimo sesgada y equivocada de Las Bodas.

Sin embargo he de decir que, aunque tontos de capirote hay en todas partes, del mismo modo que un alumno mío no entraría en mi clase de Ciencias Sociales con los libros y el cuaderno de Matemáticas porque SABE que viene a clase de Ciencias Sociales, tampoco un tontolaba debería vestirse de Jack Sparrow, de Lobo de Caperucita o de Ronald McDonald (sólo faltó ese para completar el retablo) para participar de una fiesta que DEBERÍA SABER que representa una tradición maravillosa ambientada en la Edad Media (aunque no sepa el siglo ni el año, porque nadie le obliga a conocerlo) y en la que una ciudad se muestra a España y el mundo entero vestida de gala por un motivo muy concreto: la historia, triste y bellísima, de Diego de Marcilla e Isabel de Segura. Si hubiese tomado buena cuenta de ello, el señor Santi Gorrión habría dejado fondeada la Perla Negra en el garaje de su casa...

Llegar a ese conocimiento es algo que involucra de un modo u otro a todo Teruel, a todo aquel que participa de su fiesta. Es la imagen de una ciudad, y de una ciudad tan fabulosa como TERUEL, la que se pone al alcance de las cámaras, y eso entraña unas responsabilidades que no todo el mundo asume. Y antes de que nadie despotrique, añado que TAMPOCO nosotros. Una de esas responsabilidades es tratar por todos los medios que los (cabrones) de "Detrás de mi cámara" no encuentren carnaza en la que cebarse, bien sea en forma de horno microondas, valla del ayuntamiento, Jack Sparrow o putas, putas y más putas (¡por Dios, qué obsesión! Y qué imagen más BOCHORNOSA...). Es decir: todo lo que contribuye a poner en ridículo una fiesta que YA es magnífica pero que podría ser modélica.


Y decía que nosotros, como recreacionistas, ya hemos tomado buena nota del error: la próxima vez que un capullo armado con cámara y muchas ganas de cachondeo nos pida entrar en un pabellón de intendencia lleno de bolsas de plástico, botellas de agua mineral, ropa de abrigo moderna y demás enseres logísticos se le dirá amablemente eso del Cansino Histórico: "¡Áuste a la mierda!". Y vaya usted a buscar cutreces y a cachondearse por ahí a otro sitio. Y ojalá no lo encuentre en toda la ciudad. Fiesta, desde luego. Bebida, la que quiera. Diversión, a capazos. Pero a reírse... pues de su señor padre.

Mirémonos a nosotros mismos y tomemos buena nota de nuestras carencias. Seamos conscientes de dónde estamos, de lo que hacemos y de a quién representamos. Y hagámoslo con cariño, con orgullo y con respeto hacia un patrimonio cultural que nos pertenece a todos.